Flamenco y barrotes

Es bastante paradójico que el interés que la música española suscita en infinidad de países extranjeros, sea directamente proporcional al desinterés que mostramos por ella en nuestro país. Muchas veces, escudados en el sinsentido de los nacionalismos, unos y otros nos burlamos del folclore de los demás, del pasado, de las expresiones musicales de esta u otra provincia, pueblo o comunidad. “Lo realmente bueno, la esencia, está aquí”, me han llegado a decir en alguna ocasión. “Eso es de la España de toros y pandereta”. Sí, esa misma gente a la que le resulta odiosa una seguidilla, una jota, un fandango, es la misma a la que le hace entrar en trance una muñeira, una txalaparta, una saeta e, incluso, una sardana. El extremo está en la búsqueda de esencias musicales en culturas remotas. ¿Quién no conoce a alguien a quien sólo le gusta la música africana, o de la India, o de Bora-Bora?
El sábado tuve la suerte (y la casualidad) de comprar en FNAC el disco “Fiesta Española: el encuentro entre el flamenco y las canciones y danzas en los siglos XVI y XVII”, del grupo United Continuo Ensemble. Lo curioso de este disco no es sólo su título (que perfectamente valdría como título de una tesis doctoral de musicología), lo curioso y sorprendente es que el disco y sus intérpretes vengan de Alemania.

¿Paradojas de la vida? Mientras aquí estamos debatiendo exclusivamente sobre la desintegración cultural, donde los niños estudian que la música representativa de su “cultura” es el chotis y el organillo, y que no hay nada más allá de Navacerrada al norte y Aranjuez al sur (eso lo he visto en libros de primaria), o que se pertenece o no a un ente “nacional” que engloba provincias como si fueran piezas del “Risk” sin tener en cuenta a los ciudadanos, a las personas. Mientras ocurre todo esto, en Estados Unidos se fundan organizaciones y sociedades como la “Hispanic Society of Music and Dance”, la “Spanish Musical Heritage”, se gastan cantidades ingentes de dinero en publicar estudios y discos, y se organizan cientos de conciertos al año. ¿Alguien se imagina qué ocurriría si alguien fundase aquí una “Sociedad de Estudios Histórico-Musicales Españoles”? Prefiero no hacer comentarios, aunque creo que nos estamos volviendo todos locos.
Mientras, también, en la cárcel granadina de Albalote se lleva a cabo una excepcional iniciativa (y con muy pocos medios). Enseñar a leer y a escribir a los presos gitanos mediante el uso del flamenco, su flamenco. Utilizar el “caló” y la música como apoyo para lograr la alfabetización de población marginal. Emocionante.Por suerte, la cultura, mi cultura, nunca les pertenecerá a los políticos (Aunque para disfrutar de un concurso de “jotas” haya que irse a Helsinki).

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