Si pudiésemos resumir nuestra vida en una serie de acontecimientos, de recuerdos, de sensaciones, de tesoros, y tuviésemos que meterlos en una caja, esconderla tras un muro y que alguien, dentro de muchos años, la encontrara, ¿qué meteríamos?, ¿qué es lo que nos define?, ¿qué marcó el antes y el después?, ¿de qué prescindiríamos?, ¿cómo nos gustaría que nos conocieran? Quizá eso fue lo que más me gustó de la película “Amelie” (bueno, su música también). Ese momento en el que la protagonista encuentra aquella antigua caja de tesoros de un niño proponiéndose a partir de entonces buscar a su dueño en el presente. Para mí, la escena más emocionante de toda la película.

Un tesoro, un momento, un objeto, un recuerdo, un adiós…, tengo claro qué metería: mi pluma de caligrafía, un disco del “Atrium Musicae”, la maravillosa primera carta que me escribió mi mujer, un “clik” de Famobil, una foto con mis amigos Jorge, Juanjo, Luismi y Martín, el corcho del Vega Sicilia que me bebí el 1 de enero del 2000…, no sé, es difícil. También sé que metería una partitura de alguna de las canciones que preparé con Clara, porque todas también son un tesoro y me traen y traerán muy buenos recuerdos.
Este “post” se lo dedico a Clara, con una mezcla de pequeña tristeza y gran alegría. Por esa nueva etapa que comienza en Alemania y por todos estos meses de tresillos, síncopas, soles, “moles”, “siles”, digitaciones de persona “no humana”, cantos de “castrati”, intervalos y dictados de niño de 6 años que me ha hecho pasar tan fantásticamente.
¡Hurra por ella!, ¡Hurra por la música!